¡Qué hermosa mañana!
El sol deslumbrantemente vestido 
con su hermosísimo atuendo 
digno de su majestuosidad;
esos rayos que se desprenden de su cuerpo
celestialmente perfectos 
y que se deslizan a través de mi ventana
para avisarme que un nuevo día ha comenzado...

Mis ojos, aún un poco nublados;
mi mente un tanto confundida por el sueño.
Ummm... ¡cómo me gusta dormir!
descansar en los brazos de Morfeo;
soñar con lo inalcanzable 
y dejarme llevar en una larga travesía;
donde el principio se confunde con el final
y mi cuerpo reposa dulcemente 
sobre su espíritu que se aventura
a las más atrevidas y divinas locuras...!

Me siento en la cama. 
¡qué pereza...!, 
No me animo a levantarme.
A pesar de que todo se ve perfecto,
hay algo que no me deja disfrutar a plenitud 
de este maravilloso paisaje;
siento un malrato tan fuerte
que oprime mi pecho, 
pero pienso que debe ser el cansancio.

A veces es más el agotamiento físico
cuando me levanto, que cuando me acuesto...


En ese momento, 
el molestoso teléfono suena.

¿Quién será a esta hora?

Aún no salgo de mi camita...
¡y yo que estaba tan feliz; 
ahora quién llama!!!

Lo dejaré timbrar; 
no tengo ganas de hablar con nadie.
¡Ay!, pero qué insistencia; 
tendré que contestar...

Es muy incómodo tener que tomar el teléfono;
sobre todo cuando mi comodidad era extrema,
y el aparato se encontraba a unos pasos...



"Diga" —respondí en un tono algo adormecido—
Del otro lado, una voz familiar con nerviosismo:
"Disculpa que te moleste a esta hora,
pero es urgente que te presentes al Centro Médico; 
tu madre ha sufrido un infarto cardíaco masivo;
los médicos no la aseguran; está muy delicada..."



Me quedé sin habla; 
mis manos se tornaron sudorosas.

Mi corazón comenzó a latir tan aceleradamente
que parecía que se iba a salir de mi cuerpo;
sentía cómo mi garganta iba anudándose,
y mis ojos se llenaban de profundas lágrimas
que quedaron estáticas ante la noticia
que acababa de recibir...


En unos segundos, 
mi hermosa mañana
se tornó en una oscuridad total.
Vinieron a mi mente tantas cosas:
mi niñez, mi adolescencia, 
todos los momentos compartidos
con aquella mujer, mi progenitora;
ésa que me dio la vida, lo que soy,
que me enseñó mis primeros pasos;
a quien dediqué mi primera palabra;
aquélla que se amanecía a mi lado
cuando la enfermedad se apoderaba de mí;
ese ser que dejaba de ser ella misma
para dedicarse por entero a esta personita,
que sin querer hacerlo, 
la llenaba de preocupaciones.



Esa mujer que tantas lágrimas derramó
a veces pensando en lo que pudiera ocurrirme,
sin entender muchas veces la difícil tarea
que tenía sobre sus hombros por el hecho
de haber sido nombrada mi guardián, mi "Madre",
ahora se encontraba en una cama dura y fría, 
lejos de sí misma, de racionalizar nada;
sin saber si habría un mañana para ella;
posiblemente sintiendo la agonía
de irse sin poder despedirse de mí.

Estoy sin palabras, pero en mi letargo,
he alcanzado a pronunciar casi un murmullo:
"Salgo para allá enseguida... "



Recuerdo levemente que me dirigí al baño;
me lavé la boca y me vestí rápidamente;
sin pensar en combinaciones de ropa 
ni de zapatos; no sé siquiera si me peiné; 
salí tan aprisa de mi hogar
que fue casi automático el tomar 
las llaves de mi auto y arrancar.

No sé a qué velocidad iba;
no recuerdo ni la carretera.
Simplemente sé que en pocos minutos,
estaba en aquel lugar sombrío,
lleno de personas desconocidas,
y que de alguna manera estaban pasando
por las mismas circunstancias que yo...



De inmediato me dirigí a información
para averiguar el estado de su salud;
saber dónde la tenían ubicada.
Yo estaba con una total desorientación;
toda la fuerza que siempre tuve
y que siempre pensé que tendría 
llegado un momento de tensión así,
definitivamente no existía;
ni rastros de ser lo que era.

Me sentía como un zombie,
andando entre nubes sin tocar el suelo.
Era tal mi angustia que no me percaté,
de que la persona que me había avisado
de lo ocurrido, estaba allí...



Su rostro cabizbajo, triste, sólo reflejaba dolor;
mas no ese dolor tan común y superficial
que se siente cuando se está enfermo
por más fuerte que sea la crisis;
sino ese dolor profundo, intenso, 
que te desgarra las entrañas,
que te destroza las ínfimas partes de tu ser,
que te hace sentir tan pequeño 
y tan indefenso ante la vida;
que te recuerda que sólo eres
un poco en un todo, 
una nada en la nada...



Me acerqué temblando, 
con miedo a lo que podría decirme...
pero me dijo casi sin palabras, 
con la voz entrecortada,
con un susurro delicado,
de ésos que apenas desean salir;
esos susurros que dicen tanto
cuando nos encontramos 
cara a cara con el silencio 
y vemos dentro de nosotros mismos:
"Quiere verte, 
no hace otra cosa que preguntar por ti".



De inmediato, pero con una pesadez
que apenas puedo describir,
entré al lugar. En ese momento 
hubo un silencio atroz; todo oscuro para mí;
no veía nada en esa habitación, sólo a ella
que apenas respiraba. 

¡Máquinas por doquier!
No puedo decir con exactitud lo que sentí;
era una mezcla entre un alivio profundo 
de poder verla y abrazarla estando viva aún,
y un desconsuelo interno de saber que se me iría...



Toqué sus manos; esas tiernas manos 
que tantas veces me acariciaron
y otras tantas me abrazaron.
Abrió sus ojitos como reconociendo las mías; sonrió, 
pero era una sonrisa muy distinta a la que le conocía.

Si fuera a describirla, diría que era como 
cuando se siente una paz tan grande 
dentro de sí mismo;
como quien lo ha dado todo 
y sabiéndose libre de ataduras,
se deja llevar dejando su marca permanente:
su sonrisa...ésa fue su marca.



Apretó mi mano fuertemente,
con una potencia que hacía dos segundos no tenía.
Sólo alcancé a decirle: 

"Mami, ¡sabes cuánto te amo!"

Intentó hablarme pero no pudo;
su último aliento se había escapado.
Su sonrisa se había disipado.
Su rostro totalmente cambiado.
Sus ojos cansados y llorosos
se habían cerrado;
fue su último intento de demostrarme
cuán importante era yo para ella;
y durmió... 

Durmió como esas princesas que se describen
en los cuentos infantiles, esas mismas historias 
que nunca nos enseñan 
cómo enfrentar la dura realidad de la vida;
que sólo nos llevan a soñar con un mundo 
donde el bien siempre triunfa sobre el mal;
donde la muerte es sólo un viaje sin regreso...



¿Qué puedo decir ahora?
¿Cómo contar lo que sucedió desde entonces?

Podría decir que, en ese momento,
mi vida se dividió en un antes y un después;
mi corazón bombea a medio latir;
mi razón a medias, 
al igual que toda mi existencia.

Y a pesar de que vivo, de que respiro 
y lucho por salir adelante,
no puedo olvidarme de que
hubo un día, en que nací de una gran mujer;
que me enseñó lo que soy hoy,
que me mostró el camino a seguir,
que me apoyó a través de todo su existir;
siendo luz en esta difícil senda a la que llamamos "vida"
y que me dejó el mejor regalo que puede ofrecerse:

"conocer que el amor es el comienzo y el final de todo"
y que si nos dejamos llevar por él,
sólo sintiéndolo en todo lo que hacemos,
ofreciéndolo a todo el que lo necesita,
nuestra felicidad será completa 
y habremos alcanzado ese motivo;
pues la vida se nutre de este sentimiento
sin el cual todo es igual a nada...



~~Mÿçh꣣ë~~
©Derechos Reservados

Basado en una Historia de la Vida Real.

 

 

 

 

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